He aquí una magnífica pieza musical de Patrick Cassidy inspirada en el capítulo 3 de La Vita Nova de Dante Alighieri.
Dante a los 18 años sueña que Beatriz, su amada, está alzada en manos de un hombre que resulta ser el Amor, y ella come de la mano del Amor el corazón ardiendo del mismo Dante como verán en el texto que abajo ofrezco y traduzco.
Resulta un símbolo extraño el acto de comer un corazón, razón por la cual se proyecta a la película Hannibal Lecter, quien como sabemos es un antropófago.
Independientemente de las proyecciones artísticas de la obra de Dante que se reelaboran a lo largo del tiempo dándole otros sentidos como en esta película, yo subrayo aquí la belleza de la melodía ya de por sí cautivante sin reparar en el texto, aunque claro, lo destaco tratándose de Dante y de su misterio. No sólo de pan vive el hombre, y Dante nos da de ese otro pan que llena en el símbolo del amor, cuyo sueño comparte con nosotros.
He aquí el texto en la melodía traducido línea por línea:
Coro: E pensando di lei
Coro: Y pensando en ella
mi sopragiunse un soave sonno.
me sobrevino un suave sueño.
Ego dominus tuus
Yo soy tu señor
Vide cor tuum
Mira tu corazón
E d'esto core ardendo
Y de este corazón ardiendo
Cor tuum
Tu corazón
(Coro: Lei paventosa)
(Coro: Ella temerosa)
Umilmente pascea.
Humildemente se alimentaba.
Appreso gir lo ne vedea piangendo.
Al irse lo veía llorando.
La letizia si convertia
La alegría se convertía
in amarissimo pianto
en amarguísimo llanto.
Io sono in pace
Yo estoy en paz
Cor meum
Mi corazón
Io sono in pace
Yo estoy en paz
Vide cor meum
Mira mi corazón.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Nuestro corazón
sábado, 22 de agosto de 2009
Una verdad de la razón
Evitemos de ahora en más un equívoco frecuente de la vida cotidiana. Me refiero a la locución adverbial tener razón que significa “estar en lo cierto”. Solemos usarla, vale aclarar, cuando alguien dice algo acertado, correcto o verdadero. La idea es clara.
Ahora bien, puede ocurrir que uno crea tener razón y en realidad diga algo falso. Y el problema reside en que si refutamos lo dicho a esa persona le decimos que no tiene razón cuando en realidad la tiene porque o todos tenemos razón o nadie tiene razón. Quiero decir que el hombre es sapiens, esto es, que sabe, que está constituido por la razón. Si es algo que nos constituye como tales no podemos decir que no tenemos razón; todos la tenemos.
Hoy día tristemente (y cuando decimos hoy día solemos referir un estado de cosas que es desde que el mundo es mundo), la gente se obstina en querer tener razón. Discusiones encarnizadas entre partes que no buscan llegar a una verdad sino complacerse a sí mismas en una guerra dialógica, que a veces no llega a diálogo porque desmerece al lógos -morfema que compone a la palabra diálogo-, y se reduce a mera charla que no comporta ningún fin útil a ninguna de las partes. Esto es un error, “se entiende que una persona pierde y otra gana, lo cual es un modo de estorbar la verdad o de hacerla imposible”[2], dice Borges. Es una mera vanidad personal querer tener razón.
No ha de ser así. La palabra debe ser constructiva, cuando no creativa. Se ha hecho el mundo con ella. Si Dios no hubiera hablado no habría nacido el mundo. Recordemos los versículos iniciales del Evangelio según San Juan:
y
y
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
¿Qué provecho habrá en hablar sin un fin positivo que procure hallar en las cosas su realidad, su existencia, que quiera develar algo que está tapado y que ignoramos? Pues eso significa la verdad en griego: aletheia (quitar el velo a algo oculto). Según la doctrina platónica conocer es recordar; Francis Bacon añadió que ignorar es haber olvidado[3].
Pareciera que actualmente estamos en las antípodas de la dialéctica platónica. Lejos del arte de dialogar. Borges en diálogo con Bioy Casares dice: “Siempre me asombra que la gente no oiga lo que dice” Gente que se especializa en la minuciosa anécdota pointless (sin sentido)[4], que no va al grano. Y Benigni en su película El tigre y la nieve: «Se le parole non sono giuste nulla è giusto. Trovare le parole giuste per far battere il cuore all'altro, così come batte a me!» (“Si las palabras no son justas nula es justo. ¡Encontrar las palabras justas para hacerle batir el corazón al otro, así como me bate a mí!”). Precisamente porque la palabra es nuestro insuflo divino[5], lo que nos hace distintos de los animales. La vida al ser un talento debe dar fruto (Mateo 25: 14-30) En cambio, se habla sin sustancia y fuera de propósito (Mateo 12: 36). ¿Quién no ha tenido estas charlas aburridas? ¿Y sobre todo quién está dispuesto a cuestionarse si el interlocutor está en lo cierto y uno no? Quien nada duda nada sabe decían los griegos que sabían muchas cosas. Eventualmente no queremos confrontar nuestras preferencias, y eso hace que se cristalicen en prejuicios[6]. En ello reside la dificultad. Pero debemos mantenernos abiertos y curiosos, pues como dice Savater: “el espíritu nace de la búsqueda incesante de formas diferentes de ser semejantes”[7]. Pienso que es un acto de coraje y de amor al conocimiento y a la verdad.
Un ejemplo claro de que importan más las verdades que su procedencia está en los refranes. Los nombres de quienes los han creado se han perdido. La sociedad que atesora estos refranes los ha retenido en su memoria porque encierran verdades; algo bueno, bello y justo, como hemos dicho que hace la tradición evocando las palabras de San Pablo[8]. Encierran algo que es bello por ser inteligible sin reflexión, como dijera André Maurois.
Y es que el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer. El hombre está dispuesto siempre a negar todo aquello que no comprende y aun lo que comprende como Sócrates (en su frase atribuida): “Sólo sé que no sé nada” Creo que el escepticismo debe tener un límite, y que es un uso erróneo de la razón. Es Blaise Pascal quien nos enseña en sus Pensamientos cómo debemos usar la razón (268):
“Hay que saber dudar donde es necesario,
afirmar donde es necesario, sometiéndose donde es necesario.
Quien así no procede no entiende la fuerza de la razón.
Hay quienes fallan contra estos tres principios, ya sea afirmando
todo como demostrativo, por falta de conocimientos
en demostración: ya sea dudando de todo, por falta de saber
dónde hay que someterse, ya sea sometiéndose en todo, por
falta de saber dónde hay que juzgar”.
Y será Borges, aun cuando se define esencialmente escéptico[9], quien dirá con acierto que un “sofisma consiste en negar lo que no es fácil de definir. Quizá no se pueda precisar cuándo acaba el día y empieza la noche; pero nadie confunde el día con la noche”[10]. Que algo sea difícil de definir no significa que no sea y que se pueda negar. Repito, todos queremos creer en algo y que nos crean. Recuerdo a Don Quijote diciéndole al oído a su escudero: “-Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más”[11].
Finalmente, en la busca de la verdad hay –grosso modo- dos posturas:
b- Quienes dicen que la verdad es Dios.
Claro que buscar la verdad es arduo porque la vida en su misterio es inagotable, como nos recuerda Hamlet:
«There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy»[13].
Pero la vida sin misterio sería insulsa y aburrida. Si supiéramos todo nada nos quedaría por saber. Felizmente podemos estar en desacuerdo, pero siempre respetando y tolerando al otro. Sigamos pues ayudándonos en la busca de la verdad haciendo uso de nuestra razón sin acobardarnos ni envanecernos. Yo, estoy con ustedes.
[1] Cf. la frase «Amicus Plato, sed magis amica veritas» Esto es: “Platón es mi amigo, pero la verdad es más mi amiga”. La verdad puede venir de un filósofo o pensador cualquiera, no importa de quién, sino que sea una verdad. Eso es más importante.
[2] Borges, Jorge Luis, Ferrari, Osvaldo, Reencuentro, diálogos inéditos, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1999, p. 208.
[3] Cf. Epígrafe del cuento “El inmortal” en El Aleph, Jorge Luis Borges.
[4] Bioy Casares, Adolfo, Borges, Ed. Destino, Buenos Aires, 2006, p. 106.
[5] Cf. Génesis, 2: 7.
[6] Cf. Martínez, Guillermo, La fórmula de la inmortalidad, Ed. Seix Barral, Buenos Aires, 2005, p. 11.
[7] Savater, Fernando, La vida eterna, Ed. Ariel, 2007, p. 175.
[8] Cf. 1 Tesalonicenses, 5: 21.
[9] Cf. Epílogo de Otras inquisiciones.
[10] Bioy Casares, Adolfo, Borges, Ed. Destino, Buenos Aires, 2006, p. 61.
martes, 7 de julio de 2009
La gracia del perdón
En este breve fragmento de La Misión vemos como Mendoza que era mercenario y traficante de esclavos indígenas y que había asesinado a su hermano, llega con un fardo donde arrastra consigo las armas que usaba antes al lugar donde se encuentran los guaraníes subiendo escarpadas colinas con cataratas. Él elige su propia penitencia por sugerencia del padre Gabriel.
En principio él se ve amenazado por el indio, pero cuando ve que lo libran del fardo a instancias de la orden del cacique por sugerencia del padre irrumpe en llanto liberándose poco a poco, cada vez más de su pasado doloroso simbolizado en la carga que arrastraba.
Esta escena como ninguna otra del cine -arriesgaría decir- representa hermosamente el poder que confiere perdonar sin rencores, y qué tan bien hace a uno la gracia divina del perdón, la redención del ser humano arrepentido, empezar una vida nueva. Recordemos el proverbio latino: «Errar es humano, perdonar divino»
Y pensemos en una lámpara. Nadie la enciende para ponerla debajo de una cama ¿No la pondremos más bien sobre el candelero para que todos los que entren vean la luz? Las puertas están abiertas de par en par, sólo hay que estar predispuestos a ver la luz, cuyo fin, y esto es importante, fue para todos nosotros. La Historia nos enseñó que en nombre de la hermandad política se creó una guillotina que causó el Reinado del Terror. Algo semejante sería imposible en nombre de la hermandad de los hombres elegida hacia las estrellas.
«Nunca la criatura humana se adherirá de más segura manera al cumplimiento del deber que cuando, además de sentirle como una imposición, le sienta estéticamente como una armonía»[1] dice J.E. Rodó en su libro Ariel.
Aquí tenemos la forma estética armoniosa en su mayor expresión. Mérito de los hacedores de la película. Mención especial al guionista, y por supuesto, al compositor de la música inigualable de esta película, el maestro Ennio Morricone, cuya música simboliza la Buena Nueva.
Una lección de vida inolvidable.
[1] Rodó, José Enrique, Ariel, Ed. Espasa Calpe, 1948, Buenos Aires, p. 59.
lunes, 17 de marzo de 2008
Ennio Morricone - Cinema Paradiso
Célebre película con música compuesta por el genial Ennio Morricone. La pieza musical excede todo significado que le queramos dar, no representa todos los valores que se vienen a la mente por su belleza lograda, es tan bella que se representa a ella misma. Cabría llamarla la quintaesencia del arte, el arte del tiempo, de un tiempo sin tiempo. Y esto no es noticia, ya se ha dicho.
Si bien nos excede, le adjudicamos significado a ese significante, porque así lo sentimos, yo diría: melancolía, infancia, amor, películas, nostalgia, a su vez felicidad, gente que hoy no está pero que estuvo, etc.
La música siempre entra en terreno de lo inefable, toda descripción resulta infructuosa, con el perdón de la expresión, excepto aquellas técnicas de las cuales estoy exento por mi ignorancia al respecto. No se puede describir con palabras algo que se describe a sí mismo a través de los instrumentos ejecutados al compás de cada acorde, al tempo giusto, logrando la armonía melódicamente…si dieron click en el video: así…
Per ciò il traduttore è traditore, non si può tradurre qualcosa del genere alle nostre parole. Le nostre lingue non sono così possenti da descrivere la più bella lingua di tutte, quella che somiglia più Dio...


